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2008-08-23

Todo Javier Prado (Parte 1)


Hace unas semanas, ya con la hora encima, veía mi biblioteca para ver qué me llevaba para irme leyendo en tremendo viaje. "Lecciones de Historia de la Filosofía", de Montemayor, fue el elegido. Ya en el paradero de la Cato, tomé la fidelísima y nunca tan bien ponderada "rica" Daewoo, la cual me llevaría hasta La Molina. La misión: recoger a mi sobrino.

Cierto es que nunca me ha disgustado hacer esos viajesotes -es más, los tenía que hacer para irme a la universidad, ya sea desde casa o desde el trabajo-, pues siempre hay algo que hacer en un micro: leer, escuchar música, dormir, ver a la gente que sube y baja del vehículo o (mi favorita) descansar tu cabeza en la ventana y pensar en millones de cosas. Esa vez leí. Para variar, lo que lees te deja pensando (a veces demasiado... inútilmente demasiado). Los pre-socráticos tuvieron la culpa.

Ese día pensé en cómo pasa el bendito/condenado tiempo y en cómo, con él, vienen los cambios. Los benditos/condenados cambios. Ayayay, Heráclito tenía razón: "todo cambia", con lo cual -como decía- "nadie se baña dos veces en un mismo río"; el devenir como dirían los filósofos. Y vaya que a veces sucede así: apenas uno gira el cuerpo, algo cambió. Pero eso no es lo peor de todo, lo peor es voltear esperando encontrar aquello que dejaste (a veces, aun cuando no quisiste hacerlo), llegar nuevamente y, por arte de magia, encontrar lo que dejaste... encontrarlo justo tal como estaba antes de abandonarlo. Pero no. He allí el inexorable cambio.

Ahora que lo pienso, ¿será acaso por ello que para Heráclito el fuego era la esencia de todas las cosas? Sí que sí. Porque una vez que enciendas algo, no esperes encontrar otra cosa que no sea cenizas.