
Un reciente estudio de la universidad de Cambridge (Inglaterra) reveló que el gusto musical define el carácter (¿no será, más bien, que el carácter define el gusto musical?). Al hacer un pequeño registro mental de los artistas y géneros que me gustan, por supuesto, la nota me ha asustado. Pero eso es otro rollo.
Se dice de los fans del rock que son rebeldes [amén, señores psicólogos] y que los artistas que cultivan este género son emocionalmente inestables. Toma mientras. Los que escuchan música académica (en buen cristiano: música clásica) son simpáticos e intelectuales, pero a la vez poco atractivos o aburridos [Ok, gracias por lo que me toca]. De los del jazz dicen que son amigables, pero poco responsables. Los raperos, agresivos, pero enérgicos y atléticos. Como diría Cristina Saralegui: "¿Será cierto esto?".
Yo me he asustado porque he ido un poco más allá. Yo gusto de Charly, Morrissey, The Smiths, The Cure, Bunbury (con Héroes y como solista), Sabina y demás desquiciados, y la verdad es que muchas de sus canciones muy alegres no son. No creo ser triste. Más bien soy un alegre algo inconstante. Soy humano, y como tal, también tengo espinas en el corazón.
Y, bueno, supongo que uno está hecho un poco de la música que escucha, pero dependiendo de cómo es que la recibes: si para entenderte a ti mismo o para entender a los demás. Si para desfogar o para nutrirte el alma. Sea como sea, la música tiene esa facultad absolutamente genial de erizarte los vellos y de estremecerte, ya saben, de decir: "¡puta madre!".
Creo que la música es un poco como la vida: cabrona y desgarrada, pero capaz de hacerte sentir que pese a eso, vale la pena jugársela por el amor, la sensibilidad y esos trocitos de alegría que construyen la felicidad de a diario. Por eso la escucho, porque vale la pena emocionarse. Porque vale la pena experimentar a través de esos invisibles hilos sonoros lo que somos y lo que no.
¡Viva la música!